Todas esas cosas que deseaste haber dicho

Cuando una memoria vive, se convierte en fluidez. Te habla en lenguas que jamás pensaste que existieran. La precisión deja de ser importante y la sublimidad de tus más desnudas experiencias se convierten en ecos a través de cada célula de tu cuerpo. Cuando una memoria vive, se vuelve mítica y transparente; atraviesa tus venas con colores, olores y esa particular sensación rítmica de constante movimiento. Impecable en su ausente forma, quizás grita o susurra. Y si tienes la capacidad de escuchar, la totalidad en lo que consiste una memoria, esta se queda contigo. Llega a ubicarse en ese exclusivo y profundamente privado lugar de tu corazón permitiéndote tocarlo desde dentro. O te deja roto, desmantelando tu ego y aplastando tu individualidad. Te deja pensando en que toda verdad es oscuridad; empiezas a cuestionar por qué todavía no puedes sacarlo de tu cabeza, se traga la suma de tus partes, una por una con una impaciencia alarmante, no perdona tu suavidad. Devora. Agota todo tu sistema. Se siente inimaginablemente real, de alguna forma, se convierte en ti. Y asi sea que su intensidad sobreviva o no, sigue siendo apasionadamente persistente y sigue afectando tu propio “reality show”. Cuando una memoria vive- tú lo haces.

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